Sin descanso.




Hoy tengo insomnio.

Estoy recostado en mi habitación, solo se escucha el ventilador de piso. Hace mucho tiempo que perdí la inspiración. Tratar de describir la habitación es como describir el interior de mi mente:

Todo es oscuro. 

Solo se pueden ver siluetas, pero siempre hay un ruido de fondo. Siempre hay un pensamiento, una idea, un dilema que me falta por solucionar.

Pero ya no hay historias, ya no hay poemas.

Esas dos acompañantes en mis noches largas, hace mucho que se marcharon. Ahora solo puedo pensar en la realidad, las preocupaciones banales.

¿Qué pasó con el príncipe mata dragones? ¿Dónde está el hombre de las sombras? Y los enamorados: ¿A dónde se fueron? 

¿Dónde están todos esos personajes?

No lo sé.

Estiro el brazo hacia mi buró; tomo la cajetilla de cigarros, junto con el encendedor. Me levanto de la cama y camino en la oscuridad hasta mi balcón. Siento el frío del piso, pero no me importa. Abro el ventanal y salgo a la oscuridad de la noche, solo con el pantalón de mi piyama puesto.

La briza recorre mi cara, mi cuello, baja por mis hombros y cruza mi pecho. Un escalofrío hace temblar todo mi cuerpo, pero sigo sin darle importancia. 

Saco un cigarrillo y lo pongo contra mis labios. Con un movimiento de mi pulgar hago salir la flama del encendedor. Lo acerco, escucho como el papel y el tabaco arden.

Inhalo profundamente, cierro los ojos. Mis hombros caen, pero mi mente no se aclara. Miro al cielo, buscando un poco de tranquilidad. Pero no la encuentro.

Me recargo en el barandal, con el cigarro entre mi dedo índice y medio de la mano derecha. Ese es su lugar favorito y el mío también. Suelto el humo y veo como desaparece en la oscuridad. No estoy solo.

-¿Qué haces aquí?

Una figura oscura, una silueta, estaba parada del otro lado del balcón, a no más de dos metros de mi. Lo puedo ver de reojo, y la verdad es que no me interesa voltear.

-No me prestes atención, solo estoy viendo las estrellas.

Se recargó contra el barandal al igual que yo, y calló. Hubo silencio por unos segundos.

-Hace mucho tiempo que no escribo sobre ti.

Lo digo mientras acerco el cigarro nuevamente a mis labios. El humo recorre mis pulmones y me da un poco de confianza para voltear a verlo. Su rostro es oscuro, solo es la silueta de una cara; el resto de su cuerpo tiene forma humana, pero es solo una figura oscura.

-Hace mucho que no escribes, ¿Recuerdas la primera vez que escribiste sobre mi? Mi existencia se la debo a tus palabras.

Su voz, como siempre, era omnipresente. No parecía salir de aquel cuerpo y eso me perturba.

-¿Qué significa esto?

Lo pregunto con sinceridad. Soy el autor de todas sus historias y el nunca es un buen augurio para mis otros personajes.

-¿Le tienes miedo a tu propia creación?

Hasta Dios le tuvo miedo a su creación.

-No sé lo que siento. Solo sé que tu nunca traes buenas noticias.

Mi cigarro se está consumiendo con la briza. ¿Qué quieres?

-Nunca me diste un nombre. ¿Qué soy? ¿Quién soy?

-No necesitas un nombre, sabes lo que eres.

La ceniza cayó a la calle. La sombra puso su mano abierta contra su pecho.

-¡Merezco saber!

El volumen de su voz subió lo suficiente como para que palpitaran sus palabras en mis tímpanos.

-Eres el temor más profundo de la humanidad. Eres aquello que todos queremos ignorar. Eres eso que todas las personas piensan alguna vez, algunos deciden ignorarte por el resto de su vida y otros se apasionan tanto que dejan su vida solo para buscarte.

Hubo silencio. Decidí dejar caer mi cigarro aún encendido. Al mismo tiempo su brazo se relajó y su mano cayó. Si el tuviera ojos, si no fuera solo una sombra con forma humana, pensaría que su mirada está clavada en mi; o quizá perdida.

-Pero no solo vienes a hacer preguntas. ¿Ya es hora?

Agachó la cabeza. Encogió los hombros.

-No, esto no es un recuerdo como piensas. No estás atrapado en el limbo, y no vengo a llevarte a donde he llevado a otros personajes que haz creado solo con ese vano propósito. Pero preferiría ser cualquiera de ellos, en lugar de esto.

Creo que me estoy volviendo loco, pero disfruto de esta plática. Es lo más interesante que me ha pasado en meses.

-Entonces, ¿A qué vienes?

-¿No es obvio?

Para mi no lo es, su único propósito es encontrar la existencia perdida en recuerdos, para después llevarla al... Al vacío.

-Escribe una última historia, dame un final.

-No puedo.

-¿Por qué no?

Su voz sonaba apagada, triste. Esa pregunta causó algo dentro de mi, mi estómago se retorció por un instante.

-Porque ya no escribo.

-Entonces dime: ¿Qué pasará conmigo?

-No lo sé.

-No quiero seguir con esto.

-¿A qué te refieres?

No entiendo lo que sucede, el es solo parte de mis historias. No es real.

-Me diste existencia, me creaste. Pero no me diste un propósito. Voy por ahí recogiendo personas, viendo sus vidas... Todo lo bueno y lo malo que hicieron, y al final, cuando los encuentro; tengo que llevarlos a a su destino. Soy la muerte.

-No, eres más que eso. Eres el puente entre la muerte y el olvido. Tienes el poder de un dios. ¿No entiendes? Tienes el poder de estar, ser y vivir como quieras.

-No quiero eso.

-¿Qué quieres?

-¡Quiero ser humano!

Su voz volvió a retumbar en mis oídos, ahora el grito sonó desesperado. Como el de un niño.

-¿Para qué? Eres inmortal, eres una fuerza más de la naturaleza, vives y revives con el universo. ¿No crees que eso es suficiente?

-Nunca quise ser esto. Tu me creaste así y solo tu lo puedes cambiar.

-No lo haré. No quiero hacerlo.

Dio dos pasos hacia mi, quedó completamente de frente, era casi una cabeza más alto que yo y no emanaba ni una pizca de calor.

-Puedo hacerte vivir el peor momento de tu vida, por toda la eternidad. Puedo privarte de tus sentidos por lo que te reste de vida. Puedo acabar con ella en este momento si así lo deseo. Pued...

Lo interrumpo.

-Hazlo.

Un paso hacia atrás, titubeó.

-¿De qué hablas?

-No me interesa lo que hagas. No voy a continuar con las historias, mucho menos con los poemas. Ya no tengo a quién escribirle. Ya no tengo motivos, mucho menos inspiración. Así que haz lo que tengas que hacer, pero no podrás obligarme a escribir algo que no puedo escribir.

Se recargó una vez más contra el barandal.

-De verdad que los humanos se preocupan por cosas muy estúpidas. Preferiría esos problemas a lo que tengo que cargar.

-Lo siento, no puedo hacer nada al respecto. Creo que moriré antes de volver a escribir una historia.

-Entonces no morirás.

Lo dijo mientras volteaba a verme. Levantó una de sus manos y la puso en mi frente.

-No descansarás, hasta que no me des un final.

-Suéltame. ¿De qué estás hablando?

-Fue un placer hablar contigo, creador.

Desapareció.

Saco otro cigarrillo, lo veo y lo vuelvo a poner en la cajetilla. Camino de regreso a mi camino, cierro el ventanal detrás de mi.

Creo que el insomnio hace que mis alucinaciones empeoren.

Me recuesto y cierro los ojos.

No puedo dormir.





Nota del autor: Esta historia está basada en dos cuentos cortos que hice hace mucho tiempo. En todas mis noches de insomnio siempre recurrí a escribir para poder decir que estaba haciendo algo productivo, pero rara vez funcionaba para agotar mi energía.
Uno de los cuentos para lograr entender más a fondo este se encuentra en el siguiente link:

¿Qué sucederá con el creador del hombre de las sombras? No lo sé, pero quizá algún día lo averigüe y escriba nuevamente sobre el. Mientras tanto solo deben saber que el no podrá descansar hasta que no le dé un final a su personaje.

Hasta la próxima.

Atte: Estoritéler.

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La más leída.

Eiden.